Noviembre.
Sin duda, para mi es un mes de contrastes. No sé bien por qué... ¡pero mis finales de año suelen ser bastante intensos! Fue un mes de diciembre cuando presenté el máster en la UAB (2006) y conocí a mi director de tesis, fue un mes de noviembre (2008) cuando viví los peores momentos de mi vida junto a la persona con la que quería compartir mi vida, fue un mes de noviembre (2009) cuando descubrí la ciudad que más me ha gustado de todas las que he visto, Chicago. Y será un mes de noviembre cuando pondré colofón a 4 años de trabajo para llegar a ser "doctor en ingeniería de procesos químicos".
La pregunta que más me han hecho en estas últimas semanas ha sido: ¿estás nervioso? Y la verdad es que no. Estoy muy tranquilo porque estoy tremendamente orgulloso de dónde he llegado y cómo he llegado. Me encanta echar la vista atrás y darme cuenta de que elegí el camino correcto, estoy tremendamente ilusionado con las nuevas puertas que se abren ante mi. Estoy muy contento con el trabajo que he hecho, lo bien que ha quedado y el cual defenderé como se merece (aunque el inglés me juegue alguna mala pasada jaja).
Me enfrento a un gran reto personal dado lo exigente que soy conmigo mismo. Quiero que todo salga perfecto y haré lo posible para que así sea, para que os podáis sentir orgullosos de mi y para sentirme orgulloso de mí mismo. Estoy deseando dar esa charla tan especial y que con tanto ahínco he preparado, para no defraudar con las expectativas creadas. Muchos de vosotros habéis vivido muchas de las aventuras que me han sucedido en estos 4 años y unos pocos sabéis lo que significa todo esto para mi. Soy muy feliz y espero que se note durante mi discursito aunque para vosotros va a resultar un peñazo jajaja.
Sin más que añadir, simplemente me gustaría recalcar que sin vosotros, no podría haber escrito jamás unas líneas de este tipo.
Bienvenidos al rincón de Cris! En él compartiremos experiencias, vivencias, sentimientos y sobre todo muchas risas. Pasa, te invito a un café
domingo, 20 de noviembre de 2011
miércoles, 2 de noviembre de 2011
El viaje
Fran se despertó temprano una cálida mañana de primavera, como iba siendo habitual. A pesar de dormir hasta romper la cama, algo en su cabeza no le permitía descansar como debiera. Antes de levantarse, repasó su vida y lo que había conseguido hasta el momento: tenía muchos amigos, una vida sentimental bastante movida y un trabajo que... un trabajo. La monotonía se apoderaba de su jornada laboral, cohibiendo a Fran cada día más. El quisiera volar, poder llegar muy alto, pero no le estaba permitido.
Mientras hacía esta reflexión, se dio cuenta que lo que quería no era volar. Fran quería rodar sobre raíles. Entonces notó dentro de él un cosquilleo, el cual aparecía de forma repetida cuando pensaba en el ferrocarril, la velocidad, los túneles, los cambios de vía,... Sabía que lo tenía todo a su favor para dar el paso pero sus miedos le impedían lanzarse. Cuando se levantó, prefirió tomarse un par de cervezas a su colacao y tras una fría ducha se dirigió a la oficina. En lugar de ocupar su puesto, se dirigió al despacho del director con una carta en la mano. Su dimisión.
Al cabo de unos meses, Fran logró su sueño. Por fin era maquinista de tren. Hubiera deseado vivir la época de las máquinas de vapor, los grandes y lujosos viajes de grandes iconos de la historia, como el tren del Orient Express. Pero él se conformaba con conducir un tren regional hasta la frontera. Pudo escoger ruta y decidió decantarse por la que atravesaba las montañas. Le encantaba adentrarse en las entrañas de la tierra, las curvas, la vía única.
Un día paró en una de las estaciones habituales y al mirar por la ventana divisó a alguien erguido frente a una de las puertas. Miraba a ambos lados, puso un pie en el primer escalón pero no subió. La escena se repitió en varias ocasiones hasta que Fran llamó la atención del muchacho: ey, chico! - gritó Fran. El muchacho se giró y fue cuando ocurrió. Las miradas se cruzaron y Fran notó como una fuerza invisible atravesó su cuerpo. El chico se acercó y Fran empezó a temblar. El sudor se apoderaba de sus manos y casi no podía articular palabra. Cómo es que nunca subes? - preguntó Fran. Es que tengo miedo de marearme... me encanta viajar en tren pero esta ruta tiene muchas curvas y el estómago se me pone del revés. Fran esbozó una sonrisa y no pudo continuar la conversación, el trayecto debía continuar.
El muchacho no volvió a aparecer en varios días y Fran se entristeció. Un día, cuando Fran ya creía no volver a ver al muchacho, éste apareció. Se excusó haber pasado varios días en cama, pero Fran sabía que no era cierto. El muchacho miraba hacia todos lados y no sabía por donde meterse. Muchacho, cuál es tu nombre? - preguntó Fran. Me llamo Javier - dijo el muchacho. Bien, Javier, subes? - dijo Fran mientras sonreía. No sé... - tartamudeó Javier. Entonces Fran esquivó sus temores y dijo: mira, sé que es un trayecto largo, sé que hay muchas curvas, pero si te centras en disfrutar verás como no es tanto como piensas. Además, me encargaré personalmente de tomar las curvas con precaución para eviar muchos vaivenes. Aquí hay un asiento para que me acompañes y veas mejor las vistas. Vienes? Javier sonrió ampliamente y supo que algo estaba pasando entre ellos dos... sin vacilar decidió subir.
Desde aquel momento Fran estuvo acompañado en bastantes de sus trayectos hasta la frontera. Sabía que el camino no era fácil pero puso todo de su parte para que Javier estuviera lo más cómodo posible. Éste perdió el miedo y poco a poco dejó de marearse. Ambos compartieron muchas confidencias y muchas horas de viaje, pero éstas no transcurrían en la cabina del conductor.
Mientras hacía esta reflexión, se dio cuenta que lo que quería no era volar. Fran quería rodar sobre raíles. Entonces notó dentro de él un cosquilleo, el cual aparecía de forma repetida cuando pensaba en el ferrocarril, la velocidad, los túneles, los cambios de vía,... Sabía que lo tenía todo a su favor para dar el paso pero sus miedos le impedían lanzarse. Cuando se levantó, prefirió tomarse un par de cervezas a su colacao y tras una fría ducha se dirigió a la oficina. En lugar de ocupar su puesto, se dirigió al despacho del director con una carta en la mano. Su dimisión.
Al cabo de unos meses, Fran logró su sueño. Por fin era maquinista de tren. Hubiera deseado vivir la época de las máquinas de vapor, los grandes y lujosos viajes de grandes iconos de la historia, como el tren del Orient Express. Pero él se conformaba con conducir un tren regional hasta la frontera. Pudo escoger ruta y decidió decantarse por la que atravesaba las montañas. Le encantaba adentrarse en las entrañas de la tierra, las curvas, la vía única.
Un día paró en una de las estaciones habituales y al mirar por la ventana divisó a alguien erguido frente a una de las puertas. Miraba a ambos lados, puso un pie en el primer escalón pero no subió. La escena se repitió en varias ocasiones hasta que Fran llamó la atención del muchacho: ey, chico! - gritó Fran. El muchacho se giró y fue cuando ocurrió. Las miradas se cruzaron y Fran notó como una fuerza invisible atravesó su cuerpo. El chico se acercó y Fran empezó a temblar. El sudor se apoderaba de sus manos y casi no podía articular palabra. Cómo es que nunca subes? - preguntó Fran. Es que tengo miedo de marearme... me encanta viajar en tren pero esta ruta tiene muchas curvas y el estómago se me pone del revés. Fran esbozó una sonrisa y no pudo continuar la conversación, el trayecto debía continuar.
El muchacho no volvió a aparecer en varios días y Fran se entristeció. Un día, cuando Fran ya creía no volver a ver al muchacho, éste apareció. Se excusó haber pasado varios días en cama, pero Fran sabía que no era cierto. El muchacho miraba hacia todos lados y no sabía por donde meterse. Muchacho, cuál es tu nombre? - preguntó Fran. Me llamo Javier - dijo el muchacho. Bien, Javier, subes? - dijo Fran mientras sonreía. No sé... - tartamudeó Javier. Entonces Fran esquivó sus temores y dijo: mira, sé que es un trayecto largo, sé que hay muchas curvas, pero si te centras en disfrutar verás como no es tanto como piensas. Además, me encargaré personalmente de tomar las curvas con precaución para eviar muchos vaivenes. Aquí hay un asiento para que me acompañes y veas mejor las vistas. Vienes? Javier sonrió ampliamente y supo que algo estaba pasando entre ellos dos... sin vacilar decidió subir.
Desde aquel momento Fran estuvo acompañado en bastantes de sus trayectos hasta la frontera. Sabía que el camino no era fácil pero puso todo de su parte para que Javier estuviera lo más cómodo posible. Éste perdió el miedo y poco a poco dejó de marearse. Ambos compartieron muchas confidencias y muchas horas de viaje, pero éstas no transcurrían en la cabina del conductor.
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